Este es el primer envío de esta newsletter, así que antes de nada, el trato: cada domingo te voy a escribir un texto que se lee en unos cinco minutos, y con cada uno sumarás una herramienta nueva a tu forma de construir riqueza. El objetivo de fondo es que, poco a poco, levantes un patrimonio que te permita retirarte sin depender solo de la Seguridad Social, y que por el camino la entrada de una casa, la universidad de los hijos o un problema de salud en la familia no te pillen desprevenido.
¿Y de qué te voy a escribir? De cómo decido si una empresa entra en mi cartera, y por qué a la mayoría le digo que no. De cómo escojo un fondo de inversión. De qué se siente cuando la bolsa cae un 40%, y qué hice bien y mal en cada caída. De las empresas que elegí hace muchos años y que todavía conservo. Y, de vez en cuando, de qué significa de verdad el dinero en nuestras vidas y qué tiene que ver con la libertad.
Te voy a contar mis aciertos y también mis errores. Invierto mi propio dinero desde 2001, y en todo este tiempo he acertado y me he equivocado muchas veces; de las dos cosas he aprendido. Hoy empiezo por un error: posiblemente el que más dinero me ha costado. Vendí demasiado pronto una empresa que estaba haciendo exactamente lo que yo esperaba de ella. Esta es la historia.
Año 2008. Plena crisis financiera. La bolsa había caído entre un 30% y un 40% de media, los telediarios daban miedo, y todo el mundo a mi alrededor hablaba de sacar el dinero de la bolsa y meterlo debajo del colchón. Yo hacía justo lo contrario: andaba buscando negocios buenos a precio de saldo, que es exactamente lo que toca hacer cuando todos huyen. No hace falta ser un genio para eso. Hace falta, simplemente, no salir corriendo con el resto de la manada.
Me topé con una cadena de comida mexicana que estaba creciendo como la espuma en Estados Unidos: Chipotle Mexican Grill (CMG). Compré a finales de ese año a un precio promedio de unos 50 dólares por acción — que, ajustado por el split que la empresa hizo en 2024, equivale a 1 dólar de los de hoy. Guárdate ese número: 1 dólar.
Mi tesis era la expansión. A cierre de 2008 tenían 837 restaurantes, habían abierto 136 solo ese año, y en su informe anual decían que planeaban abrir entre 120 y 130 más en 2009. A ese ritmo, los mil locales estaban a dos años vista, y el mercado americano daba para muchísimos más. Me pareció un chollo.
Dos años después, en mayo de 2010, con el mundo saliendo de la crisis, la acción había subido hasta el equivalente de 2,90 dólares de hoy. Mi inversión se había multiplicado casi por tres en año y medio.
Y vendí. Toda.
Me pasé una temporada muy orgulloso de mí mismo: había comprado en el peor momento del pánico y me había llevado un 3x limpio a casa. Si me hubieras visto en ese momento, me habrías dicho que había hecho justo lo que un inversor listo tiene que hacer.
Te habrías equivocado, y yo también.
Hoy esa acción vale 38 dólares. No 3,80. Treinta y ocho. Por cada dólar que puse en 2008, hoy tendría 38, no 2,90. Vendí, me llevé un 3x... y dejé sobre la mesa un 38x.
Y esto es lo que de verdad convierte aquello en un error y no en mala suerte: la tesis nunca se rompió. No vendí porque la empresa hubiera dejado de crecer, ni porque apareciera un competidor que se la comiera, ni porque me hiciera falta el dinero para nada. Vendí porque el número en mi pantalla se había puesto verde y bonito, y me pareció que había ganado.
Mira lo que hizo la empresa mientras yo miraba para otro lado: a mediados de 2026 Chipotle tiene más de 4.200 restaurantes y factura casi nueve veces lo que facturaba cuando compré. Yo proyecté mil locales. Hay más de cuatro mil. Mi tesis no solo se cumplió: se quedó cortísima. La empresa hizo exactamente lo que yo había predicho que haría, durante dieciséis años seguidos, y yo me bajé del tren en el kilómetro dos.
Y antes de que pienses “bueno, pero seguro que reinvertiste ese dinero en algo bueno” — hice la cuenta honesta, porque durante años me defendí a mí mismo con ese mismo argumento y prefiero hacerlo bien antes que tú lo hagas por mí. Si aquel 2,9x lo hubiera metido íntegro en un fondo indexado al S&P 500 en mayo de 2010 y lo hubiera dejado quieto hasta hoy, se habría convertido en unas 20 veces mi inversión inicial. Veinte. Ni siquiera dándome a mí mismo el mejor destino alternativo razonable me acerco al 38x de no haber hecho absolutamente nada.
Y “no hacer nada” no requería ser un genio. No requería acertar con el momento, ni leer un informe más, ni adivinar el futuro. Requería quedarme quieto.
Hay una frase de Benjamin Graham que resume esto mejor de lo que yo sabría hacerlo: en el corto plazo el mercado es una máquina de votar; en el largo plazo, es una máquina de pesar. El precio de una semana no es el valor de una empresa — es el recuento de opiniones de un montón de gente, unas razonadas y otras puramente emocionales. Pero con los años, el mercado deja de votar y se pone a pesar, y lo que pesa es el negocio: los locales abiertos, las ventas, los beneficios.
Cuando vendí Chipotle en 2010, le vendí a la máquina de votar, y creí que había ganado. La máquina de pesar tardó dieciséis años en hacer su trabajo. Y lo hizo sin mí.
Regla de oro que llevo grabada desde entonces: “esta posición ha subido mucho” NO es una razón para vender. Es, como mucho, una razón para recortarla si se ha hecho demasiado grande dentro de tu cartera. La ganancia acumulada no es un motivo para salir — es justo lo que estabas buscando cuando compraste.
Así que si esta semana quieres hacer algo con lo que acabas de leer, no hace falta que compres ni vendas nada. Solo repasa tu cartera y, por cada posición que te esté yendo bien, hazte una pregunta honesta: si la vendiera hoy, ¿sería porque el negocio ha dejado de hacer lo que yo esperaba que hiciera, o solo porque el número se ha puesto verde y bonito? Son dos razones muy distintas, y solo una de ellas es buena.
Y si la respuesta es “solo porque ha subido mucho”, no te preocupes: no tienes que hacer nada. Ese es justo el punto. La inacción, aquí, no es pereza — es la decisión correcta disfrazada de no-decisión. La parte difícil no es saber qué hacer. Es resistir las ganas de hacer algo solo porque puedes.
¿Te ha pasado alguna vez vender un ganador demasiado pronto? Contesta a este correo y cuéntamelo. Te prometo que leeré y responderé todos los correos que me lleguen.
Nos vemos el domingo que viene.
Un abrazo,
Saul
